Bon Iver en el Palacio Euskalduna; Silencio, que estamos en un concierto

Bon Iver

A Bon Iver les conocí con su segundo, y homónimo, album y me atraparon, además de la preciosa portada del disco, unas melodías que no acababan de decantarse por el folk, ya que tenían mucho de sinfónico, de creación de ambientes, y parecían beber de distintas fuentes. Está claro que el proyecto de Justin Vernon está hecho con mimo, desde los diseños hasta las composiciones. Canciones preciosistas, acariciadas con la voz de Justin, que me recuerda mucho a la de Peter Gabriel. Sus bucólicos videoclips ayudan también a crear esa atmósfera de belleza, y parece que vas a morir de felicidad.

Anoche el Palacio Euskalduna estaba repletito, a pesar del elevado coste de las entradas y las ganas del respetable se notaban en las nerviosas conversaciones que escuchaba a mi alrededor. En el escenario una serie de telas, como sacos rotos y raídos colgaban en lo que me parecía una suerte de cueva (me comentaron que quería simular el interior de una montaña) y la lista de instrumentos que esperaba era de infarto. Y salió el telonero, el jovencito Sam Amidon de 31 años, hijo de los cantantes folk Peter and Mary Amidon. Salió él solo con guitarra y banjo y facturó en una hora su música que derivaba del folk más clásico (country, incluso bluegrass) hasta una cierta psicodelia muy de Tim Buckley o Nick Drake. Una hora casi impecable en la que Sam Amidon se metió a toda la gente en el bolsillo.

Todo presagiaba que el concierto de Bon Iver seguiría esa estela, incluso comenté a mis acompañantes que, a pesar de gustarme mucho la banda, el concierto podría ser para dormirse. Nada más alejado de la realidad ya que desde que sonara Calgary quedó claro que aquello no iba a ir por el intimismo precisamente. Y es que el espectáculo estaba por desplegarse en toda su obscenidad, espectáculo en el amplio sentido de la palabra; 9 músicos en escena, dos baterias, guitarras, bajos, dos saxos, trombón, trompeta, corneta, teclados…. un juego de luces a prueba de epilépticos, una serie de imágenes abstractas y coloristas proyectadas sobre los telares y un volumen, para mi gusto, excesivamente alto. Y la gente aplaudiendo, silbando y exclamando wows a cada fogonazo de luz o cambio de ritmo, como si de los fuegos artificiales de la Aste Nagusia se tratara.  Es cierto que luego  se fue relajando el personal, pero en los primeros cuatro temas parecía que metíamos gol cada minuto.

Los 9 músicos, musicazos, se salieron, ahí había muchas horas de todo, de estudio, de ensayo, y Justin Vernon estuvo controlando todo en todo momento, y hay que decir que sonó perfecto, repito, quizás excesivamente alto, pero perfecto. Pero es cierto que entre tanta grandeza yo me perdí; a  menudo no escuchaba ni la mitad de los instrumentos y esa manía de llenar todo con luces y efectos (la voz de Vernon pasaba de Peter Gabriel a Cher peligrosamente) me sacó de la cueva. No así al resto de los asistentes que gozaron durante los 100 minutos que duró el concierto.

No voy a decir que el concierto no me gustó, porque sí que me gustó, pero no es lo que me esperaba. Quizás tampoco era el día (domingo por la noche después de la semana de jazz en Vitoria), y como comenté a un amigo si vas a ver a Iron and Wine no te esperas a U2. Pues ese fue para mí el problema. Eso no impidió que disfrutase con Holocene, Towers y algún que otro momento de expansión que me recordó a ciertos pasajes de The dark side of the moon. Y triunfaron. Un agradecidísimo Vernon hizo dos bises y aquello pasó a ser un hito en los conciertos en Bilbao. No creo que tarden en volver.

Autor: Javier Ikaz

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