Bonnie Prince Billy en el Kafe Antzokia

Bonnie

Como la pereza es el pecado provincial, capital y autonómico que más me llega, y como presidente de honor debo hacer “honor” a mi título, me cuesta cada día más escribir sobre los conciertos a los que voy. Huelga decir que la pereza se extiende a los conciertos, abandonar mi casita, cuando anochece, para frotarme con desconocidos en una sala mil y un veces transitada para ver al enésimo genio que sigue sin cambiar el mundo, en recitales que cada día me parecen más largos a pesar de la duración es de una aridez que me hace plantearme muchas cosas. Pero como de rebote conseguí entrar en plantilla de la Furgoneta Azul, a pesar de no sentirme parte de la cúpula (me considero una firma invitada, muy bien retribuida eso sí), tengo una serie de derechos/deberes que debo cumplir; Tengo derecho a ir al lavabo dos veces en todo el día, eso sin prostatitis de clase C puede ser razonable, en fín…. Y en cuanto a derecho, pues la nómina, digna de un banquero. Quizás por eso hago el esfuerzo de vestirme y acudir como un parroquiano más, a la tortura que es ver un concierto.

Bonnie Prince Billy es de esos tios que te pueden caer bien, mal o ser indiferente, o sea, un tio normal, tan normal, tan normal, que acaba siendo excepcional. ¿Por qué? Porque no es estrella, no es desagradable, no va de normal, solo compone, canta, actúa en pelis y no tiene que fingir ¿o sí? No sé, el caso es que hace lo que le da la gana. Cuando se espera que sea tranquilo hace extravagancias, cuando se le espera hippioso, aparece con traje y camisa de rayas, cuando le esperas desatado te hace un recital de “música de fogata” (otra de las razones de escribir ésto es por la expresión música de fogata, que me gustó). Porque Will Oldham, un nombre más de cantante que el artístico elegido, es una contradicción, y nos vino a la acampada (sin indignación) a relatarnos historietas vestido de traje. ¿Quién va a orillas de un rio con traje?

Y todos escuchábamos, con nuestros rostros espectantes, medio iluminados por la caprichosa iluminación de una llamas de fuego, con crepitar de ramas secas. Sabiendo que, una vez en el saco, nos va a costar dormir. Desde aquella noche es sin duda Bonnie King Billy.

Autor: Javier Ikaz

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