Bunbury en el Palacio de los Deportes de Santander

Bumbury durante el concierto de Santander

La pasada noche, la del 28 de enero, el Palacio de los Deportes de Santander se convirtió en una taberna llena de crápulas con el corazón herido, diplomados en penas, apenas sabedores de las cosas del amor, sabios en el campo de las lágrimas, las que surcan la piel, plegando mortalmente vidas truncadas y buscando el refugio (y el calor) en copas llenas de abundancia. Un lugar quizás no demasiado idóneo para llorar sobre hombros, a su vez mil veces llorados, pero eficaz en su función de brazos acogedores, de calor balsámico.

Aquella noche, en aquel lugar, en aquel momento salieron los licenciados (El mar, el cielo y tú), heridos también, en su alma, no así en su orgullo, arrastrando penas e historias olvidables, rostros, nombres, quizás otros puertos. Llevando su música hecha de verdad de cantina en cantina, tratando de alegrar con sus tristezas a otros perros viejos, apaleados, santos inocentes sin un cielo donde anidar. Eran 7 los licenciados, más uno acaparaba la atención embelesada de tanta alma arrastrada. Su nombre, demasiado señorial para ser verdad, quizás por eso se escondía bajo la máscara de un seudónimo sacado de una obra de Wilde. Extraño, como extranjero, como aseguraba sentirse dentro y fuera de su tierra, vaya usted a saber cual.

Lucía un traje negro, con llamas de fuego rojo-sangre y se movía por el escenario como una de esas estrellas del burlesque. Excesivo, provocador, altamente teatral, tan de verdad, dejándose la piel en cada pellejo desprendido (otros la llaman canción), y es que fueron muchos los pellejos que se dejaron caer aquella noche; El hombre delgado que no flaqueará jamás, Todos lo haremos mejor en el futuro, Los habitantes, Big bang, Infinito, El extranjero

Recordó otras voces, otros ámbitos, colaboraciones con gente igualmente torturada como Nacho Vegas (El tiempo de las cerezas), viajó a ninguna parte (Que tengas suertecita, La señorita hermafrodita, No me llames cariño…), evocó garitos de mala muerte como el celebrado Flamingo´s (Sí, Sácame de aquí, …y al final…) y quiso volver a esa cantina a la que nunca debió entrar para no ser herido de nuevo y pidió y rogó “Llévame“, “Odiame“, se lamentó de ser “El solitario“, pidió a las ánimas que no amaneciese, acaso la luz del Sol podría ser peor, rezó por “El día de mi suerte” y finalmente evocó a Atahualpa Yupanqui reconociendo que “El cielo está dentro de mí“.

Una vez se fue, los crápulas seguían reclamando al licenciado y tuvo que salir dos veces más, una de ellas invitando a otra alma herida, Rulo, “ilustre cántabro”, habló de como se veían las cosas fuera de la cantina y emocionó con una despedida muy “tequileada“. Aquella noche todos se licenciaron, incluso los que no sabíamos nada.

Autor: Javier Ikaz

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1 Comentario

  1. Ganas de verlo en directo

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