Luis Paniagua en la Alhóndiga

Cartel del concierto de Luis PaniaguaA lo largo de los años (sobretodo los últimos 3 años) he asistido a más de un centenar de conciertos de todo tipo. He disfrutado en la primera fila, sudando y botando, en una platea sentado y tranquilo, me he dejado llevar por riffs rockeros, por acordes más o menos intimistas, por solos de jazz, a veces virtuosos otras veces innecesarios, en ocasiones me he aburrido, otras he deseado que el concierto no acabase nunca, incluso me he llegado a enfadar por la propuesta. Pero desde luego nunca había tenido la experiencia que tuve el pasado viernes en la Alhóndiga viendo a Luis Paniagua.

Haremos un poco de historia. Luis Paniagua, madrileño de nacimiento, es un buen ejemplo en eso que se llama nuevas músicas ancestrales. Proveniente de una familia experta en música culta, hermano de Eduardo Paniagua que, junto a Luis Delgado, es una eminencia en nuestro país en músicas antiguas, medievales y arabigo-andalusíes, con los que formó en 1981 el grupo Babia, y grabó el disco Oriente-Occidente. Pero desde bien pronto Luis destacó por su experimentación con los instrumentos más inauditos y prefirió, en lugar de las viejas composiciones, las suyas propias. A menudo otro de sus hermanos, que es luthier, le fabrica los instrumentos que utiliza en sus grabaciones y recitales, fabricados siguiendo las explicaciones de los viejos manuscritos. A lo largo de sus 14 discos hasta la fecha, Luis Paniagua toca practicamente todos los instrumentos y la lista es de vértigo. Eso sí, en sus discos no verás guitarras, baterías y demás, sino khitaras, dilrubas, cuencos tibetanos, sistros de Etiopía, chirimías, crótalos, piedras, llaves, caxixis, sitares entre otros, pero su instrumento primordial, al menos en los últimos discos es la lyra mitológica griega. Obviamente con dicho instrumental la música resultante no puede ser sino distinta.

Cuando entramos en la sala Bastida, junto a los cines, había esterillas en el suelo, con cojines y para los menos animados sillas de las normales (que usamos ya que no aguanto mucho en la posición del loto). Toda la sala estaba en total silencio, la gente se descalzaba, respiraba hondo, no parecía esperar un concierto. Apareció Luis Paniagua con amplios ropajes de inspiración hindú, relajado, de aspecto bondadoso y, tras adoptar la posición del loto en la que siempre celebra sus conciertos nos dijo “Para empezar voy a invitaros a que, el que quiera, respire hondo tres veces” . A pesar de todo lo que pueda parecer, no hubo ni un ápice de pose y todo fue de lo más natural. La gente cerraba los ojos y respiraba hondo. Entonces Luis Paniagua empezó a tocar un cuenco tibetano. Las ondas de dicho cuenco en unos instantes inhundaron la sala y su vibración nos acariciaba no solo los oídos, ya que los sentidos se estaban desplegando en esos primeros minutos. La repetición, la música no modulada, aparte de para la meditación es ideal para la relajación y expande la mente. También es cierto que, si no entras en su juego, puede aburrirte por monótona, pero esa noche todos entramos. Luis Paniagua respiraba hondo, y su respiración se convirtió en otro instrumento, al igual que su voz, que la usaba como si otro cuenco tibetano se tratase, ya que sus propias ondas derivaban por toda la sala. Tras unos minutos con el cuenco tibetano y unas piedras a las que hizo chocar, cogió la lyra mitológica griega y nos transportó al Mediterráneo ancestral, a la Antigua Grecia, y nos cantó en castellano, en griego, en latín, mientras que la música ampliaba nuevos horizontes. Nos presentó su nuevo trabajo El cielo en la Tierra  de la que tocó entre otras Ea, inspirada en un dios de Mesopotamia, No temáis yo vencí al mundo, inspiradas en unas palabras latinas que vió en una iglesia, Mientras vivas brilla, y también recordó Amor, Verdad, Belleza, Pureza de su anterior trabajo Para una nueva vida. Nos explicó cómo se fabrica una lyra griega e intentó explicar la idea central de su nuevo disco, ese equilibrio entre la Tierra (y lo terrenal) y el Cielo (y lo celestial). Finalmente, cuando acabó, estábamos tan relajados que no sabíamos si teníamos que aplaudir o no, y fue un sonriente y cercano Luis Paniagua quién nos dijo ya está y los aplausos explotaron en la sala. No obstante nadie se movía de ahí y volvió el silencio, nadie parecía querer irse, y Luis volvió a decir ¿queréis que toque otra música? y ante unos tímidos Si, exclamó de nuevo sonriente ¡pues decirlo, que quién no llora no mama! y volvió a coger la lyra. Yo no sabía qué hacer, si aplaudir, si hacer fotos… Con la de conciertos a los que había ido y estaba desconcertado.

Supongo que, visto desde afuera, todo ésto resulta un poco extraño, y es fácil caer en la burla o pensar que se trata de una secta, pero lo que viví, sentí, pensé, disfruté en dicho recital resultó ser algo nuevo, fresco, inspirador, incluso liberador. Y personalmente agradezco que, en unos tiempos en los que la ironía, y el sarcasmo campan a sus anchas, aparezca alguien sincero, hablándote del amor, de la belleza de las cosas totalmente emocionado, creyéndose cada palabra que dice y no tenga en mente vender discos o comprarse chalets en la costa. Inspirador y necesario.

Autor: Javier Ikaz

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