Miguel Poveda, un arteSano en el teatro Campos Eliseos

Concierto de Miguel Poveda

Vaya por delante que, a pesar de que me gusta mucho, no soy ningún experto en flamenco. Habré ido a una docena de conciertos en mi vida y quitando los discos de Paco de Lucia, de Enrique Morente, y alguno de Camarón y el Lebrijano no tengo mucha música flamenca en casa. En cambio siempre me ha atraído un género que, de alguna manera, emparento con el jazz, por el sentimiento, la libertad de expresión, un cierto gusto por la improvisación. Y muy desencaminado no andaré cuando las dos veces que he visto en directo a Paco de Lucia y una de las veces que ví a Morente fue en el Festival de Jazz de Vitoria.

El caso es que no sé distinguir una soleá de una siguiriya, una bulería de una malagueña, una alegría de una copla, no he escuchado lo suficiente, y tengo que reconocer que una parte de ese folklore, más cercano a las tonadilleras, la parte de las coplas y las sevillanas me interesan menos, por no decir nada en absoluto.

A Miguel Poveda le conocía de oídas, alguna cosa que había escuchado de él me había gustado pero es cierto que no le había prestado mucho interés, máxime cuando en la tele había salido junto a la Pantoja. Lo sé, hay prejuicios que matan, pero somos humanos… Y de pronto estalla la bomba Poveda, todo el mundo habla de él, graba un doble disco que se convierte en una de las obras más importantes de nuestro país (Coplas del querer) al llevar buena parte del cancionero popular a su terreno, el del flamenco más artesano, más puro. Y ahora nos trae este arteSano, un discazo donde han participado gente de la talla de Paco de Lucia, Manolo Sanlúcar y Rancapino, posiblemente uno de los mejores discos nacionales del año, nacido con el sello de clásico, si no con el tiempo.

Por eso no dudé en acercarme anoche al teatro Campos Elíseos y ver como defendía su último trabajo en directo. Las entradas agotadas hacía días (bendita televisión…), no entraba ni un alfiler, desde luego era “el evento” del mes.  La gente se agolpaba, hablaba emocionada vamos a ver a don Miguel llegué a escuchar. Una expectación un tanto desmedida a mi parecer.

En escena 8 sillas y una mini batería, con cajón y algún que otro artilugio de percusión, y ya. Aquello prometía pureza. Y salieron los 8 (tres palmeros, dos guitarras y dos percusiones acompañaban a nuestro héroe), y empezó la magia, porque don Miguel es un mago, se retuerce en la silla, gesticula y vive cada sílaba, con una voz muy personal, carismática, llevándola hasta el límite, un límite mucho más lejos de lo que somos capaces cualquiera de nosotros de llevar. A su espalda unas proyecciones que hacían bonito pero que tampoco eran imprescindibles (no se dejaron ningún tópico; la luna, el mar, velas…)

A éstos 8 se añadió un tercer guitarrista y una bailaora que permitió variedad en el repertorio. Entraban y salían dejando a Miguel Poveda a solas con Bolita (guitarrista) o salían a jalear a la bailaora, castañuelas en mano. Un espectáculo gozoso, muy bien hilado (las canciones y poupurris se sucedían trayendo las nuevas canciones y mezclándolas con clásicos de siempre), y en unas pocas ocasiones, tirando hacia el final, un Poveda (que a cierta distancia recuerda a un Rafa Nadal de pelo corto) presentando, muy simpático y humilde, a su gente y agradeciendo una y otra vez tanto aplauso. En un momento, con una sinceridad y humildad enorme dijo: “cuánta tele veis” ya que mucha de su popularidad se la debe agradecer, vaya por dios, a dicha caja.

Una vez acabado el recital (en torno a las dos horas) salieron con un par de bises, y ya fuera de programa, como él lo dijo, volvió a salir con su combo y acabó con un poupurri de coplas, sí de esas que conocemos todos, pero con ese poso de quejío aflamencado que resultó renovador y fascinante. Y descubrí que las mejores letras, las más desgarradas son las de los tangos, las de las rancheras y las de las coplas. Y acabó. 2 horas y media de espectáculo que nos dejó satisfechos a todo el teatro, y nunca mejor dicho. Es posible que estemos viendo nacer y crecer a un nuevo mito del flamenco.

Autor: Javier Ikaz

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