Luis Eduardo Aute en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián

Desde luego lo de Aute es el triple salto mortal. Disfruta sorprendiendo al personal, aun a riesgo de que al personal no le guste tanta obra personal. Me explico; cuando todavía estábamos degustando las mieles de su excelente Intemperie, cuya gira ha durado hasta hace unos meses, se descuelga con otro discazo aún más intimista y biográfico llamado El niño que miraba el mar, basado en una feliz coincidencia, la de una foto que le hizo su padre en Filipinas en 1945 mirando el mar y la que le hizo su hija, de manera azarosa, en 2011 en La Habana, que compartían perspectiva protagonista y pose. Aute mirando el mar.

Pero como para Aute 1+1 siempre da mucho más que 2 en este caso no quedó solo como un disco, ya que la obra se complementa con una película surrealista, pero eso ya lo expliqué cuando hablé del disco. El caso es, y aquí llega el triple salto mortal, que los primeros 20 minutos del concierto corresponden a la proyección de dicho cortometraje. Todo un ejercicio de arte y ensayo, mudo, surrealista que provocó la incomodidad e impaciencia de quienes acudieron desinformados a escuchar Al alba, que por cierto no cantó.

Tras la proyección, subió el pantallón y aparecieron los 4 protagonistas de la noche y comenzó el concierto. Nada más acabar con Cera perdida, tema de estreno con la que comenzó el concierto, Aute explicó que el concierto se iba a centrar en su último disco (que cantó íntegro), y en los dos o tres trabajos anteriores, con algo de otros siglos si os portáis bien, aunque no me gusta ir siempre con el retrovisor puesto. Algún murmullo de fastidio a mi espalda.

Como fan incondicional que soy, que llevo más de la mitad de mi vida comprando y escuchando todos sus discos, es un regalo que cada concierto varíe tanto, que una hora de las casi tres que suele durar sus actuaciones sea radicalmente distinto que la del concierto que vi hace unos siete meses, pero estoy seguro que a más de uno se le atragantó tanta canción de estreno. No obstante la gente aplaudió y rió las sexplicaciones de alguna canción.

Su voz (y aspecto) no es lo que era, pero la sensibilidad, y su actitud ante la vida no ha variado ni un ápice. Sus letras siguen siendo cultas, comprometidas, sexuales, y su gusto por el surrealismo y por el cuerpo de mujer sigue impertérrito a pesar de sus 69 años, edad de la que estará encantado. Me sorprendió no escuchar chiste al respecto.

Un recital como ya he dicho de casi tres horas (con los 20 minutos de película) en los que desgranó sus últimos tres discos para acabar, en un tercer bis, a solas con su guitarra para llevarse los aplausos más fuertes con el ramillete Dentro, Las cuatro y diez y De alguna manera. No hubo Al alba, no hubo La belleza, ni otras tantas, pero da igual, el Aute del siglo XXI es, siendo el mismo, otro, aunque diste mucho de ese basilisco de la película…

Autor: Javier Ikaz

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